LAS MARZAS: ¿QUÉ SON?

    Costumbre de "antepasados" la que un grupo de marzantes o marceros actualiza el último día de febrero, o dependiendo de las circunstancias, en fechas próximas a ese día, y que consiste en una ronda cantada en cuyos romancillos se pide el oportuno permiso de la autoridad del lugar, se da la bienvenida al mes de marzo, calificado de "florido", se piden productos y dineros con los que celebrar una merienda-cena, entonando finalmente la despedida con deseos de salud hasta el año venidero en que se volverá a repetir de nuevo el viejo ritual.

    Esta manifestación que viene de muy antiguo, y que aún perdura viva en innumerables rincones de nuestra geografía regional, transmitida sin interrupción en el transcurrir de los tiempos, reclama una atención especial, pues añade a su carácter lúdico-festivo generalizador un aspecto singular que lo convierte en una realidad cultural propia de Cantabria como territorio y poblamiento diferenciados.
    No se ha encontrado hasta el momento una explicación convincente y contrastada del origen, alcance y relación de dicha costumbre, si bien encontramos una primera referencia escrita de la palabra MARZAS en 1847 para significar una costumbre que en el "Diccionario geográfico estadístico histórico de España" de Pascual Madoz se describe como una feria celebrada en San Verísimo de Celanova (Orense), el día de San Rosendo o 1º de Marzo, y en el que se traficaba con productos de los mercados habituales, como granos, ganado de cerda, quincalla, frutas, lienzos, pescado de varias clases, así como con "paños, sedas y platerías procedentes de Orense y de otros puntos".
    La palabra MARZA se relaciona con el mes de MARZO, proveniente del adjetivo latino "martius", en la expresión "martius mensis", originariamente el primero del año romano, formado del sustantivo MARTE, nombre de una antigua divinidad itálica que en la época clásica representó al dios de la guerra. A Marte se le consideraba, además, el dios de la vegetación, el dios de la primavera porque era el final del invierno cuando comenzaban las actividades guerreras, y también el dios de la juventud, al ser ésta la empleada para las batallas y los combates. Su culto era celebrado por los salios, doce sacerdotes dotados de escudo sagrado y lanza que llevaban a cabo una procesión por la ciudad, deteniéndose por la noche en los lugares consagrados donde banqueteaban. Conducidos por su "magister" y entrenados por un danzante (praesul) y un cantor inspirado (vates), saltaban golpeando su escudo con la lanza y salmodiando el canto de los salios ya ininteligible para los propios romanos en la época clásica.
    De Cantabria, las primeras alusiones escritas, consideradas a partir de entonces como autoridad inexcusable, las realiza José María Pereda en su obra
Escenas Montañesas, publicada en Madrid en 1864, y en la que, aunque relacionándola con la noche de Navidad, nos cuenta la costumbre de pedir marzas de "casa en casa" donde se dan productos como costillas, huevos, morcillas, que posteriormente se comen en la taberna. No obstante, tendremos que esperar a las observaciones de Juan García (firma con el seudónimo de Amós de Escalante), en su libro Costas y montañas, 1871, para tener referencia de la marza como propia de las noches del mes de marzo, a la vez que nos deja un ejemplo de texto de marza acompañado de un tímido esbozo de análisis estilístico-formal que servirá de referencia en estudios posteriores, y que decía:

  Ni es descortesía
ni es desobediencia
en casa de nobles
cantar sin licencia;
si nos dan licencia;
señor, cantaremos;
con mucha prudencia
las marzas diremos.
Escuchen y atiendan,
nobles caballeros;
oirán las marzas
compuestas de nuevo,
que a cantarlas vienen
los lindos marceros,
en primera edad 
y en sus años tiernos,
como las cantaron
sus padres y abuelos,
y hacemos lo mismo
para no ser menos.
A lo que venimos,
por no ser molestos,
no es a traer,
y así llevaremos,
de lo que nos dieren,
torreznos y huevos,
nueces y castañas,
y también dinero,
para echar un trago,
porque el tabernero
  no nos acredita
si no lo tenemos.
Ni era la maiore
ni era la menore,
que era doña...
ramito de flores,
y también su esposo
porque no se enoje.
Salga doña...
la del pelo largo,
Dios la dé un buen mozo
y muy bien portado,
con el cuello de oro
y el puño dorado,
y también su hermano
muchos años goce,
su padre y su madre
que los arrecogen,
también sus criados
porque no se enojen.
.......................................
.......................................
Con Dios, caballero,
hasta otro año
a los generosos,
líbrelos del daño.
Angelitos somos,
del cielo venimos,
bolsillos traemos,
dinero pedimos.

    Es, sin embargo, Ademetrio Duque y Merino a quien debemos la primera descripción pormenorizada de la costumbre, a raíz del certamen literario de Santander en 1892, donde obtiene el premio al cuarto tema, Cuadro de Costumbres Montañesas al título "Algo de Marzas". Cuenta Duque y Merino, que unos marceros, pidiendo con toda cortesía, el 29 de febrero de 1892, lo interrumpieron en la calle para pedir las marzas, y le trajeron a la memoria, el recuerdo, de que aún no hacía mucho tiempo "las marzas no se pedían más que en las casas", a cuyas puertas, a la pregunta de ¿quién llama?, los marceros contestaban con ¿Dan marzas?, y "se lanzaban a cantar, con no muy acordadas voces y con monótono ritmo de dos frases, sin acompañamiento alguno...". Tras las dos primeras coplas suspendían el cántico para que uno de ellos con voz clara, preguntase: ¿Cantamos, o rezamos, o qué hacemos?, pregunta considerada por Duque y Merino, como del "viejo ritual".
    Ve nuestro costumbrista, el origen de las marzas, en rondas del mes de marzo, que darían lugar a esta fiesta de mocedad, celebrada en las primeras semanas del mes, aunque en su tiempo se habían hecho costumbre el pedirlas "las primeras horas de la noche última de febrero".
    Era norma en la época, el que salieran dos comparsas, la de "señoritos" (fuitos) y la de "mozos de chaqueta", que a veces tenían sus peleas a puñetazos, o a palo limpio, llevándose, en ocasiones, los unos, la cesta de los otros, como botín. Ya hemos visto que Pereda plasmaba también esta idea en su obra, al describir los encuentros de marzantes de barrios diferentes.
    Al referirse a lo que los marzantes recibían, Duque y Merino señala: "Las marzas se daban /.../ en especie y en dinero. Huevos, chorizos, torreznos y cuartos para vino", productos que se utilizaban para una merienda que aquellos "no celebraban hasta el domingo siguiente al 28 de febrero o al 29 en años bisiestos". Ése era el
domingo de comer marzas.
    Dos rasgos característicos atribuye nuestro autor, a las marzas: el galante (rondar mozas casaderas en cuyas casas los marceros añadían los sacramentos de amor, de los que presenta un ejemplo), y el piadoso.
    En cuanto al contenido del romance conocido por él, añade a la primera estrofa del presentado por Amós y Escalante, los versos siguientes:

si nos dan licencia;
señor cantaremos,
con mucha prudencia
las marzas diremos
...........................................
...........................................
Marzo florido
seas bienvenido
con el mucho pan,
con el mucho vino...

    Alude finalmente Duque y Merino, a la marza rutona, cuando escribe: "los dueños... que... no daban" se exponían a "que los marceros les acusasen de roñosos y se lo dijeran cantando". A diferencia de Pereda que aporta un ejemplo, en duque y Merino no aparece ninguno. No obstante, no podemos dejar de reconocer, observando las coincidencias con Pereda, una misma corriente costumbrista en ambos autores, no en vano Duque y Merino fue admirador y amigo de aquél.